martes, 11 de noviembre de 2014

EN TELEFÉRICO ME FUI AL SILES, PARA VER AL TIGRE

Imponente, el Siles reina en Miraflores de La Paz.

El objetivo final, era el estadio Hernando Siles, para ver "al Estronger” enfrentando "al Wilster”.

Me programé para llegar a las 14h45, 15 minutos antes del partido. Para ello, salí de casa a las 10 de la mañana.

“Dejo el auto en la Busch, tomo un minubus y me voy hasta la ex Estación Central, para conocer el Teleférico, Línea Roja, y subo a pasear a la Feria de la 16, en El Alto”- pienso, planificando.

Dicho y hecho: llego a Miraflores, estaciono, cierro el auto y me voy por la Díaz Romero, para esperar el minubus en la Saavedra. Veo una tiendita y decido que mi desayuno será una salteñita, en esa esquina.

-¿De carne o de pollo? - me pregunta la simpática señorita.

-De carne – le respondo.

Bueno, en realidad, la salteña era de pura papa. Primera vez que me sirvo “salteña de papa”.

“-Camacho, Pérez, la Seja” – grita una voz femenina. Ese era mi minibús. Era las 10h30, me subo.

-Hasta el puente de la Cervecería – le digo.

-Uno cincuenta, sueltitos nomás – me dice la señora que vestía una gruesa pollera.

Hasta mi punto de bajada, en la Cervecería, el minubús demoró 25 largos minutos, distancia que normalmente debiera percorrer en la mitad de ese tiempo.

¿Dónde están los guardias de transito?
El motivo para la demora no era otra cosa que la vieja y tradicional “trancadera” de La Paz, que no existiría, no fuese que en la esquina de la Sagarnaga y Mariscal Santa Cruz (carril de subida) los “maestritos” hacen, literalmente, lo que les da la gana, mientras que los guardias de tránsito miran, miran, y solo se limitan a tocar su silbato como en los viejos tiempos.

El chofér de mi “mini”, un joven que, con la visera de su gorra hacia atrás y una camiseta de un equipo de fútbol con el número 13 en la espalda, poco se importaba con los pasajeros y su destino. Su objetivo era llenar el minibús. Si no está totalmente cargado, no avanza.

Recuerdo que hasta hace poco tiempo, habían los llamados “educadores viales” que la Alcaldía de La Paz había creado y que consiguieron, a trancos y barrancos, darle un poco de orden al caos de la San Francisco. La Policía Nacional se encargó de expulsarlos. Lamentable.

Hasta la década del ´70 de la estación Central partia el tren que llegaba a Buenos Aires, Argentina.
A las 10h50, llego a la Ex Estación Central (otrora monumento de la ciudad), después de pasar, literalmente, por las entrañas de la Cervecería Boliviana Nacional. Escalando la estrecha calle de al lado (donde antiguamente atendían unas señoritas y cholitas), vino a mi mente el aroma de cebada, materia prima que dio tanta fama a la Cerveza Paceña. Hoy, solo se siente un olor fétido que sale de las aguas del río Choqueyapu, que bajan chocando los cimientos de los predios de la Montes.


La CBN, otrora orgullo de los paceños.
Subo finalmente unas graditas y diviso el imponente e histórico predio de la Estación Central que, como antes, mantiene su "big ben" y todo, que hoy, caprichosamente, apenas nos hace recordar su fachada majestuosa, porque, desgastado e inconcluso en su reforma, fue tomada por todo tipo de comerciantes. 


En sus entrañas, funciona el Teleférico, Línea Roja, en un predio rojo que intenta justificar el equívoco de muchos “arquitectos”, de que toda mezcla de vidrio y cemento, es sinónimo de modernidad.  

Lo "moderno" y lo "antiguo". La arquitectura en debate.
Atravieso un espacio mezcla de cemento y chíji, y entro a una fila para comprar el pasaje; “Ida y vuelta” – le digo a la simpática señorita. Fueron 10 minutos.

Tres bolivianos para llegar a la "Jachá Qhathu" en doce minutos, después de una fila de una hora y diez minutos. 


-¿Por dónde voy ahora? - le pregunto a otra señorita que luce, orgullosa, una chamarra azul, casi celeste.

-Vaya por la derecha y haga fila para embarcar – me responde, con una sonrisa irónica.

Las filas en el Teleférico, en días de feria alteña (jueves y domingo) no compensan el paseo.
La ironía tenía razón de ser. Pues la fila era kilométrica y digna del plurinacionalismo e internacionalismo boliviano: Caballeros, señoras, señoritas,  cholas, cholitas, casi todas cargando sus wawas (llorando y durmiendo); chicos, chicas, locallas e imillas: turistas, barbudos y gringuitas. Al medio de la muchedumbre, se ve a señoras y caballeros de la tercera edad, cansados, sentados en los bancos de cemento, soportando el sol inclemente, sin ninguna protección, mientras sus familiares hacen fila.

Por aire, reinan los "vagoncitos" del Teleférico. en tierra, yace un vagón del antiguo tren

Por encima de nuestras cabezas, bajan y suben los “carritos” colorados del Teleférico y. en tierra, al fondo, yace el único testigo de la otrora bella y romántica Estación Central: un vagón del tren que seguramente hizo centenas de veces el tramo La Paz-Villazón.

-Los jueves y domingos es así, por eso yo no le traigo a mi mamá – me comenta una cholita vecina de fila – todos van a la feria – me dice, equilibrando con raro talento su sombrero “dominguero” que posa encima de sus cabellos perfectamente negros.

Como la fila era una especie de víbora que daba vueltas y vueltas, la oportunidad era buena para oírme a mí mismo – pienso. Ahí, saco mi radiecito portátil (que me acompaña siempre que voy al Siles), la prendo, me pongo los auriculares y sintonizo Radio Salesiana 89.7 FM. “Aquí Brasil”, el programa que presento todos los sábados y domingos, ya  estaba “al aire”.
Las magnificas voces de Gal Costa y Tim Maia, tuvieron que disputar las ondas de radio con la voz de un pastor "diezmero".
Irónicamente, los brasileños Gal Costa y Tim Maia interpretaban “Un día de domingo” un tema delicioso pero, en lo mejor de la música, comencé a oír una voz con acento extranjero que, interfiriendo, gritaba:

“¡Mis hermanos, su corazón, sus pensamientos, su inteligencia, no les pertenece, todo pertenece a Jesús!  ¡Lo que ustedes tienen en sus casas, en su trabajo, lo que ustedes consiguen en la vida, todo pertenece a Jesús!”.

Eran las ondas de otra emisora de radio que se mezclaban con las de Salesiana y la voz probablemente pertenecía a un pastor que pregonaba y justificaba el diezmo de su rebaño.

Pasé 1 hora y 10 minutos en esa fila. 20 minutos reglamentarios menos, que un partido de fútbol; 70 minutos entre música brasileña y los gritos de un fanático.

-Las personas de la tercera edad, las señoras embarazadas y con wawas no tienen preferencia?-  le pregunto a un joven con la misma chamarra azul celeste, empleado del Teleférico, antes de pasar por el control.

-Tienen preferencia solamente si compran la “tarjeta”- me responde, antes de, inmediatamente, decirme, “¡apúrese, pase!”.

Son 12 minutos en los que aprecia un paisaje hasta hace poco desconocido.

Entro al “cochecito” rojo y me siento cómodamente, junto a otros 7 pasajeros. Una verdadera conquista.

Al final mis cansadas piernas le agradecen a mis nalgas por encontrar un lugar para descansar.

El Teleférico parte de la Estación Central (estación Taypi Uta, que quiere decir "Casa Central, en Aymará) y llegamos a la Estación del Cementerio General (Estación Ajayuni, que significa "Espiritu" en Aymará), donde paramos menos de 30 segundos, tiempo suficiente para sorprenderme:

-Recorran, recorran, por favor, van a subir dos personas más – nos dice una bronceada señorita vistiendo la chamarra azul celeste.

Hay caramba, por momentos se me vino a la memoria la vieja frase “pase, pase, al fondo hay campo” de los viejos micros paceños.

Demoramos 12 minutos desde la ex Estación Central ( hasta la Estación 16 de Julio de El Alto (Estación Jacha Qhathu - que quiere decir  "La Gran Feria" en Aymará), o sea, que mientras hacía fila, podía haber hecho tres veces el mismo viaje, ida y vuelta.


Mi Telefunken roja, "objeto de mi deseo", ya encontró su lugar en mi residencia.

En la Feria de El Alto, una vieja radio Telefunken, roja, color característico de la década del ´60, me conquistó, fue amor a primera vista. 

-80 pesitos, pero no sé si funciona – me dice un caballero, murmurando entre una cucharada y otra de una apetitosa ranga (comida típica boliviana a base de panza de res).

-Está más caro que tu ranga – le respondo bromeando, usando una vieja táctica, antes de pedir la tradicional rebaja.

-Mi ranga cuesta 10 pesitos nomás – me responde.

Listo, el hielo fue quebrado.

-Solo tengo 30 pesos – le digo.

-No, por lo menos págame el valor de cuatro rangas – me dice.

A las 14h00 el negocio fue cerrado.


Tengo una cita pendiente para comer "la ranga de doña Maruja", en la Feria de la 16, en El Alto. 

-Si te has antojado, servite una ranguita pues, doña Maruja te lo trae – me dice.

Le comento que tengo que ir al estadio y que las filas en el Teleférico para bajar a la hoyada deben estar largas.

-No seas gil pues, a tres cuadras de aquí hay un montón de minibuses y te llevan (literalmente, pienso) hasta el Cementerio. En días de Feria es muy lleno el Teleférico – me dice.

Ahí “me doy de cuenta” que realmente fui muy gil.

-Chau cuate, me voy nomás, otro día comemos juntos una ranguita – me despido.

¡“Cementerio, Buenos Aires, Garita; Cementerio, Buenos Aires, Garita”!

“Ese mismo”, pienso y apresurado, me subo al minibús, lleno de gentes con sus k´epis (carga en Aymará). Uno de los pasajeros tenía como compañía a una llanta, al lado, bien “sentada”; solo le faltaba hablar a la goma.

Llegamos hasta la parte posterior del Cementerio tranquilos, pero con un calor sofocante. 

A lo lejos, una música de banda llegaba a nuestros oídos y se mezclaba con la voz de un "puesto dos" que salía de la radio del minibus y que participaba de “la previa” de una emisora de radio y que dictaba la alineación del Tigre. “Estoy a tiempo”, pienso, optimista.

Pero mi optimismo acaba casi en ese mismo instante:


No importa el día, ni el tiempo, ni el lugar: la música tiene que continuar en La Paz.

-¡Hay bailarines, no voy a ir por la Garita, me voy a entrar por la Eloy Salmón! Nos comunica el maestrito.

Dicho y hecho, cruza la Buenos Aires y sale hasta la calle del tradicional Tantakatu (significa "mercado de cosas viejas" en Aymará) paceño, cuando otro ritmo folklórico nos llega al oído:

-¡Otra preste, no voy a poder llegar a San Pedro, es mejor que se vayan bajando a pié! – nos grita el maestrito.

Ni qué hacer; mis viejos t´usus (pantorrillas en aymará) todavía me responden”, le comento al caballero de la llanta y me despido.

-Yo voy a ir  San Pedro y no me voy a bajar maestro, te he pagado por mí y por mi llanta, así que me llevas nomás, es "aro 15", es pesada – le dice al chofer, medio molesto.

-¡Te voy a llevar pues – le responde – pero vamos a tardar!.

Cargando mi radio roja llego hasta la Max Paredes y Sagarnaga, para tomar un minibús hasta el Siles. Pasan varios, llenos.

Cuando veo uno vacío con cartelitos en el parabrisas: “Camacho, Estadio, Hospital Obrero, Cruce Villa, San Antonio”.

Contento me subo y me acomodo exactamente detrás del maestrito.

“¡Dos carrileros; al fondo con una línea de tres; en el medio sector, dos volantes de contención; más adelante, dos volantes mixtos; y un solo delantero!”, escucho, sin importarme mucho si el “puesto dos” se refiere al Tigre o al Wilster, pues para ellos, generalmente los equipos juegan con esquemas iguales.

En realidad las alineaciones no me importaban mucho en ese instante, pues estaba más interesado en el maestrito del minibús, pues me parecía cara conocida.

-Cómo es caballero – se apresura en decirme, sin ningún remordimiento – estaba muy trancado para ir a San Pedro, así que estoy yendo hasta la Villa; allí vivo pues – me comenta, el pende, que le había cambiado sus "cartelitos" a su mini.

-Y el amigo de la llanta – le pregunto.

-Le he devuelto sus ocho pesos de sus pasajes (de él y de su llanta) y se ha ido caminando nomás – me dice.

Llegamos a la Carrasco, en Miraflores, le pago otro 1 boliviano y 50 centavos y me voy corriendo a dejar mi radiecito roja en el auto.

Cinco pesitos más, para no hacer fila.

Llego atrás del Siles,  y veo, con agrado, que no había fila, pero, así mismo, un ñatito se me acerca: “A 35 sin hacer fila”, me dice.

Como soy enemigo de comprar de revendedores, me dirijo a la ventanilla.

-Una recta general, por favor – le digo.

-Sueltitos nomás, no tengo cambio – me responde malcriadamente el caballero de lentes, no sé si empleado de The Strongest. 

Previo reclamo a la misma altura, me dirijo a la ventanilla de al lado.

-¿tiene cambio de cien? - le pregunto.

-Sí, tengo, y además yo veo siempre su programa en Televisión Universitaria – me responde y me pregunta en seguida: Pero, ¿por qué no va a preferencia? Ahí con su credencial de periodista entra gratis.


Cuando no estoy trabajando, pago con gusto "mi entradita".

Quería explicarle que no acostumbro a usar mi credencial cuando no estoy trabajando, pero me hubiera demorado mucho; y además, no salía de mi mente un suculento sándwich de chorizo, pues no había almorzado.

El amable caballero que me vendió la entrada, sarcásticamente se despide, diciéndome: “¡No va a renegar mucho en su programa pues! No sé si fue un elogio, una crítica.

A las tres de la tarde en punto, hacía mi ingreso a la General del Siles. En los corredores, me dirijo a la primera cacera (persona a la que le compramos o vendemos con frecuencia) que encuentro, acomodando cuidadosamente los chorizos en el perol (unos amarillos aún, y otros ya bien cafecitos, casi quemaditos, listos para “cachirlos” (comerlos).


El sandwich de chorizo no puede faltar, sobre todo en la General del Siles

-¿Completo? - me pregunta la señora que, por momentos me llevó a pensar cómo consigue trabajar con los humos rozándole la cara que, además, lucía un maquillaje cuidadosamente elaborado y que hacía un juego armonioso con su cabello teñido de un rubio oscuro.

Los gritos me despiertan y, sandwich de chorizo en mano, me voy a la recta de la bandeja alta, divisa con la curva sur, tradicional reducto estronguista que, sabía, no fue habilitado porque estaba en arreglos.

Y no solo las gradas de la curva sur lucían escombros de cemento, piedras, arena, palos, etc, la “pista atlética” también. Así mismo, unos días antes había sido reinaugurado, con fiestas y platillos, por el gobernador César Cocarico.

Casi solo, sintiéndome el rey de la semi curva, pegado al alambrado, comencé a cascarle  (comer con aínco) mi sándwich de chorizo; corrían 5 minutos del primer tiempo.

A los 15 minutos, ya había gentes a mi lado y yo no aguantaba más estar sentado, pues los tornillos de los “asientos” se encargaban de incomodarme; tres o cuatro asientos al lado, una señora, con un cierto volumen corporal, que no armonizaba precisamente con  su estatura, se encargó de quebrar el asiento amarillo.

Eso era lo de menos, pues, al otro lado de la recta, en la bandeja baja, cerca de la curva norte, los barras bravas del Tigre daban un "espectáculo" aparte, pues, sin ceremonia alguna, arrancaban los asientos para arrojarlos contra los barras bravas del Wilster.

Previamente, estas dos barras ya habían hecho un “precalentamiento” en la Plaza Triangular, donde se agarraron a piñas (puñetes), rindiendo un homenaje a los barras bravas argentinos, de quienes copian “todo lo mejor”.

No me voy a quejar, fue una experiencia sensacional.

Primera vez que experimento ir al Siles desde la zona sur, pasando previamente por la zona central y por la ciudad de El Alto.

¿El resultado del partido? ¡Ah, sí!: 4 a 1 para el Tigre.